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Mi idilio con el ciclismo viene de largo, y se puede decir que era casi obligado por lo que tocaba en casa. Nada menos que todo un campeón de España, mi tío Jesús Ibáñez Loyo, Txutxin, estaba en su esplendor en esos inicios de los 80 y a mí no se me ocurrió otra cosa que tratar de imitarle. Con apenas 4 añitos ya entré a formar parte del Club Ciclista Zuiano. Desde entonces, han sido mas de veinte años subido encima de una bicicleta.

Al principio, y aunque en aquella época el ciclismo era un mero pasatiempo, no se podía adivinar que llegaría a ser profesional. No era ni mucho menos de los mejores, ni ganaba ninguna de las carreras que disputaba. Sólo se me daban bien las gymkhanas. Y es que en el portal de mi casa en Amezaga me montaba mi circuito particular para entrenarme.

Así fui quemando etapas en mi carrera ciclista. En la familia se seguía respirando ciclismo por los cuatro costados y no solo mi tío, sino también mi hermana Izaskun (dos años mayor que yo) también le daba a los pedales y llegó a estar preseleccionada para los Mundiales de ruta de 1997. Mientras, yo seguía con mi sequía de resultados.

Hasta que llegó la segunda temporada en cadetes y estrené mi palmarés llevándome el Campeonato de Álava, en las filas del Uriarte-El Nogal, en una carrera muy especial para mí ya que aquel día me dirigió desde el coche mi tío Txutxin. Ese equipo también pertenecía al Club Ciclista Zuiano, cuya camiseta defendí desde niño hasta que pasé a amateurs.

En juveniles seguí progresando un poquito y, aunque sólo gané dos o tres carreras, ya tuve un montón de puestos entre los mejores, algo que adelantaría lo que sería una constante en mi carrera: la falta de pegada. De aquella época recuerdo que muchas veces me ganó al final Sabin Arana, un chico que luego no brilló en aficionados.