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Tocaba entonces (fin de 1996) el siempre difícil paso a amateurs. Un vecino de Amezaga que trabajaba en la empresa Banaka se interesó por mi situación, pero yo ya me había comprometido con Pedro Carbalho, luego director del Ruta Europa, para fichar por el Born. El problema fue que al final tuvieron que coger a varios catalanes, y yo me quedé sin hueco poco antes de empezar la temporada. De modo que tuve que acudir a aquel vecino para pedirle el favor de que me ayudara a entrar en Banaka.

Aquel era un equipazo, y ese 1998 fue el mejor de los tres años que estuve con Etxabe. Al menos, el más organizado. Allí estaban gente como Jonathan Hall o Aitor Silloniz, que se llevaron un montón de carreras. ¡Cómo andaba aquel australiano!. Recuerdo una Vuelta a Álava en la que Echave casi le tuvo que cruzar el coche para que parara, porque se quería escapar desde la salida. Yo aprendí bastante, aunque veía que las cosas en el equipo iban a peor, y al final de la segunda temporada traté de marcharme al Caja Rural, aunque Óscar Guerrero –luego persona clave en mi carrera- no pudo hacerme un hueco en su plantilla.

Así que seguí un año más en la estructura de Etxabe. Empecé el año un tanto desmoralizado, porque entré en  el Peugeot Dansa, una especie de equipo B del Banaka. Luego, las cosas fueron mejorando y pude estrenar mi palmarés con un triunfo de prestigio en una etapa de la Vuelta a León. Fue en una larguísima escapada de casi 150 kilómetros, de la que ataqué para llegar solo a 2 kilómetros de la meta en San Andrés de Rabanedo. Aquellos momentos no se me van a olvidar jamás, y quizás ha sido el momento de mi carrera que con más cariño recuerdo.

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Alzando los brazos en la Vuelta a León (2000).